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La Flor Del Himalaya

DIANA MARÍA Castillo / Columnista invitada

“Se conoce como flor de Mahameru o flor de Arya. Se puede encontrar en el Himalaya. Florece una vez cada 400 años. Si queremos volver a verlo, tenemos que esperar otros 400 años”.
En septiembre de 2019, se hizo viral en las redes sociales, una foto de una flor blanca que, al parecer, florecía en el Himalaya cada 400 años. Dicha imagen, fue compartida más de 5000 veces en Twitter, Instagram y Facebook. Pronto, los cibernautas se percataron que la información de esa bella flor, era falsa. La “Carnegiea Gigantea”, en su nombre científico, no es más que un cactus saguaro, oriunda de Arizona y Nuevo México, en el estado de Sonora, y florece cada año entre mayo y junio.

Nada es lo que parece.
A raíz de eso, el científico Héctor Manuel Hernández, aseguró que ninguna planta en el mundo florece en periodos tan largos, ya que lo máximo es de dos años, desmintiendo por completo dicha información de esta flor. Cuando leí esta historia, me llegó a la mente, como todo lo que vemos en redes que sea bonito o llamativo, nos gusta compartirlo, sin ir a la fuente o constatar la verdad. Así nos pasa en la vida real, con la gente con la que interactuamos, le damos “el beneficio de la duda” a lo que no es verdadero. En un artículo que escribió mi hija sobre la generación de cristal, me quede pensando cómo las redes y lo que compartimos, sigue siendo como el “teléfono roto de la época”.
Los seres humanos somos únicos y especiales y en medio de tanto conflicto, buscamos encontrar en medio de las redes, ese algo “ameno y bonito” que compartir, en medio de la tragedia. Sin duda, las redes son un reflejo de nuestra realidad, ya que siempre queremos pensar, que las personas que conocemos, son tan reales y lindas como lo que compartimos.

Se desvirtúa la realidad.
En mi concepto personal, y con base en lo que he leído, las redes si son una refracción fiel de quienes somos; no estoy de acuerdo con quienes aseguran que no debemos “tomarnos tan en serio”, todo lo que en ellas se dice. «Los selfies son superficies hermosas de un yo vacío y completamente inseguro», Texto de Byung-Chul Han, publicado en la revista digital WELT. Estoy convencida que buscamos aceptación, amor y reconocimiento de algún modo; no importa de qué forma y a qué precio, llegando al punto de muchas personas llegan a mentir. Años atrás, circuló un video bastante interesante de cómo “las apariencias engañan”; parejas tomándose fotos muy felices, pero sus relaciones colapsaban; personas ejercitándose, cuando lo hacían por aparentar; y comiendo comidas muy caras, cuando eran hechas en casa. Veo un corazón atrapado en muchos, lidiando con su miseria y dolor, pero todos hemos pasado por eso alguna vez.

Todos hemos pasado por eso.
Una de las cosas de la vida que me llevó a tomar decisiones incorrectas, fue “intentar” mostrar al mundo, alguien que no soy; una Diana “perfecta físicamente”, pero con un vacío inmenso en el corazón. De nada me sirvió porque al final, jamás fui feliz conmigo misma como ahora sin tetas y varios kilos de demás. Todos tenemos heridas profundas en el corazón, situaciones y vivencias dolorosas muy difíciles de olvidar, y todos de algún modo, debemos lidiar con ello. Las redes se han convertido en ese “escape”, donde intentamos evadir la realidad y creyéndonos nuestras propias mentiras. Yo me engañé por años, la mitad de mi vida, viviéndola como una red social. Mi idea inicial de este escrito era, enfocarlo en cómo las redes en algún momento nos mienten y como periodista, instar al lector a que siempre vayan a la fuente, dejando de creer todo lo que publican, pero luego en mi corazón llego un pensamiento de “quizás alguien lo necesite escuchar”, y aquí estoy, tratando de dar fuerzas a quienes están atravesando un dolor profundo y hablarle a esa persona “ruda”, que aparenta dureza para disimular su suplicio.

Una pandemia inesperada.
El año del COVID-19, dejó desvelado, todas y cada una de nuestras desgracias, llevándonos a tratar de enfocar la mente en lo positivo y la resiliencia. Soy una convencida que Dios todo lo cura, lo sana, lo llena. Todos tenemos un legado, una misión; una razón del porqué estás aún respirando, y es preciso que podamos encontrarlo en medio de la confusión. Desde que me enfermé y por fin después de años no tener un diagnóstico y pensar lo peor, alguien me dijo en estos días “tienes una misión importante en ayudar”, y aunque a veces no puedo conmigo misma, eso intento lograr.
Quiero que entiendas que afuera, hay una vida real, que las redes no deben definirnos y que la plenitud, es algo que debemos buscar en lo divino y no en lo secular. El mundo ahora se relaciona de manera virtual: la educación, el teletrabajo y los lazos familiares, de amigos y pareja. Sin embargo, eso no va a cambiar nunca la manera de verse con alguien a los ojos, cuando esa mirada puede darte paz y elevar todo tu ser. Anhelo las relaciones de antes, donde salíamos sin estar sujetos a un celular, donde jugábamos con los chicos de la cuadra y no con una consola de videojuegos. Añoro esas cartas que recibías de tus amigos, y el acróstico de tu crush, pero no éramos ajenos a lo que vivimos hoy en día; solo hoy es más visible, más vital.
Para concluir, que puedo decir después de todo y nada, que la flor no se define porque sea del “Himalaya” o de Arizona; que no es más linda porque florezca cada 400 años, ni porque puedas ser el afortunado en verla resplandecer, cuando esa flor es falsa, es una mentira y un sofisma. Si usted en estos momentos tiene el corazón roto, está herido o la situación de su país, de salud o económica lo agobia, recuerde que si está leyendo esto es porque está vivo, que es necesario fracasar para levantarse y que nunca es tarde para sanarse de adentro hacia afuera. Suena de cajón, pero, nunca es tarde para volver a empezar, y recuerda: la flor también florece en el desierto. Dios te bendiga.