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Un grito de desesperación

NACIÓN | 100% Opinión. Tras la vil y humillante tortura que desencadenó en la muerte de Javier Ordoñez, un abogado girardoteño, padre de dos hijos menores de edad, quien fue vilmente agredido por dos agentes de la Policía Metropolitana de Bogotá, las expresiones de rechazo e indignación no se hicieron esperar…

 “¡Ya por favor!, ¡Ya no más, por Favor!,

Un grito de desesperación

Por: Ismael Perdomo Jr.*

“Porque sí, con nuestro dinero se pagaron los voltios que se descargaron en el cuerpo de Javier mientras suplicaba repetidamente a los uniformados que, por favor, por piedad, se detuvieran.”

Hoy amanecí, después de una semana pesada de trabajo en la universidad y una noche de poco sueño, hirviendo en colera. La ira me consumió desde dentro a la vez que mi corazón se desplomaba, como ya es de costumbre con este gobierno, al ver la noticia esta mañana del asesinato de un hombre a manos de uniformados en la noche de ayer en Bogotá. Y es que sencillamente la indignación crece y crece y el encierro reprime las ansias de gritar al cielo y llorar los muertos de mi tierra, de nuestra tierra, y me siento cada vez más impotente.

Vídeo tomado de Semana.com

En noviembre del año pasado, en el glorioso 21N, estudiantes, profesores, indígenas, obreros, trabajadoras sexuales y demás estábamos unidos en el unísono del grito de desesperación que pedía justicia, clemencia y respeto. Ahora, se hace de nuevo, tal vez incluso más necesario, que todos nos unamos para que los cimientos de la Casa de Nariño tiemblen con los brincos de les jóvenes y los tambores que anuncian el cambio que se avecina. Porque no solo fue Javier Ordoñez, también fueron los jóvenes del cañaduzal, las más de 50 masacres en lo que va del año, el asesinato de líderes y lideresas sociales y las mujeres y miembros de la comunidad trans que vilmente han sido asesinados bajo la mirada de un gobierno que ignora y continua adelante.

En los días que viene la narrativa tradicional de la derecha se reproducirá. Aún falta conocer el parte médico forense, pero, bien sea que se concluya que Javier murió por asfixia mecánica o por la excesiva descarga eléctrica, todo ello no serán más que pretextos y adornos para concluir que lo asesinaron y que el arma fue el abuso policial. Incluso si la presencia de la policía en la escena del crimen era justificable, lo que nunca va a ser justificable es querer, poniendo en tela de juicio la integridad personal de la víctima asesinada, desestimar su valor como persona y establecerlo como un cuerpo eliminable, una persona matable. “Ay, pero ¿y si estaba haciendo algo malo? Por algo lo matan a uno ¿no?” … ¡Patrañas! Lo que queda aquí en tela de juicio es la calidad institucional de la Policía y su capacidad de responder, debidamente, a las funciones para las que fue, en principio, pensada y para las que con impuestos les pagamos. Porque sí, con nuestro dinero se pagaron los voltios que se descargaron en el cuerpo de Javier mientras suplicaba repetidamente a los uniformados que, por favor, por piedad, se detuvieran.

Finalmente, tenemos que evaluar las falencias institucionales de la Policía, pero también del Esmad, del Ejercito y demás entes que concentran el poder del monopolio estatal de la fuerza. No podemos, y repito, no podemos darnos el lujo de tener instituciones fallidas, que se dejen llevar por prejuicios morales, deseos carnales, odios personales y demás. Porque cuando use uniforme se actúa en calidad de tal, no lo hace como civil y, por tanto, debe actuar diferente. Porque el asesinato de Dylan Cruz fue terrorismo de Estado. Porque este gobierno se muestra indolente frente a las duras pruebas que vive nuestro país mientras que abre nuestras arcas a empresas extranjeras porque primero va la familia. Deleznable.

*Estudiante de Ciencias Políticas Universidad de los Andes