Canica Radio

-Hoy es el día de los periodistas…

Una fecha que se conmemora para que todos aquellos que ejercen la misión de comunicar, tengan la oportunidad de recibir un gesto amable por las redes sociales o a través de llamadas; la pandemia no permite que a estos personas que son antagonistas de la cotidianidad del desarrollo de una nación se les celebre la valentía.

Ser periodista es aprender a conocer situaciones, analizar el porqué, investigar, identificar responsables y buscar la mejor manera de informar sin dañar a alguien…

www.canicardaio.com ha querido publicar un escrito del periodista JAIME HONORIO González como tributo a la memoria de JAIME Garzón, un icono del periodismo en Colombia.

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“¡Señor periodista, hágase bachiller!”  

(frase favorita de Jaime Garzón)

Yo debo ser el menos amigo del millón de amigos que resultó teniendo Jaime Garzón después de muerto.

Me acordé de él porque la Corte Suprema de Justicia le acaba de inadmitir la demanda de casación a José Miguel Narváez, condenado por ser el determinador del crimen del periodista, es decir, el que instigó a Carlos Castaño para que lo matara, diciéndole -repetidas veces- que era un guerrillero que cobraba plata por ayudar a liberar secuestrados de las Farc.

Esa teoría la esgrimen con ahínco muchos aún. Y la repiten casi que justificando el crimen, otro bien muerto. El odio no los deja ver más allá de la nariz. En fin. Pero no era eso lo que les quería contar.

Lo conocí en 1994. Jaime frecuentaba las instalaciones de NTC Noticias, donde yo trabajaba como reportero. Era amigo entrañable de todos, o por lo menos así lo sentíamos el portero, los conductores, los camarógrafos, el gerente, doña María, el director, los presentadores, los periodistas, todos.

Le hacía chistes al que se atravesara, sin distingo de raza, posición social o cargo. Lo vimos por televisión reírse del presidente, del congresista, del general, del bandido, del godo, del universitario, del gomelo y del guerrillero. Fui feliz testigo presencial de algunas de esas escenas.

No sé cómo lo hacía. Yo lo miraba con atención, tratando de descifrar su puesta en escena, pero -al final- lo que encontré fue que Jaime poseía un particular don, que manejaba con absoluta destreza: el de burlarse en la cara del que quisiera y el burlado, terminar agradecido. No he vuelto a ver eso.

También ridiculizaba al paramilitar, aunque a éste no le causara mucha gracia. Al otro lado de la pantalla, el asesino se llenaba de rabia y -desencajado- le escupía palabrotas al personaje que lo denunciaba: mientras batía en el aire papeles que sostenían su calumnia, los ojos se le brotaban en tanto que le gritaba “Betún, betún, aquí están las pruebas de que eres un guerrillero”. Y enloquecía a madrazos.

Hasta que terminaba el sketch del embolador y el asesino se quedaba mascullando el odio hacia el humorista, mientras sus vidriosos ojos luchaban para no desorbitarse.

La mayoría de mis conocidos de la época tiene una anécdota con Garzón. Me gusta oírlas todas, me gusta ver cómo exageran algunas, cómo alteran otras, cómo acomodan varias, cómo todas terminan con una sonora carcajada y yo de nuevo me río con ellos y mientras nos reímos volvemos a hacer catarsis, nos olvidamos de la tragedia y nos quedamos con la evocación. Y al final, casi todos resultan los mejores amigos de quien fuera el mejor amigo de todos. Cómo me hubiera gustado ser uno de esos.

Al menos en 3 años está probado judicialmente que Narváez envenenó al furibundo Castaño contra Garzón. En 1997, en 1998 y en 1999, exactamente en julio, cuando el asesor le entregó una carpeta con información clasificada y fotos de Jaime, entre las que estaba una donde vestía una chaqueta militar (como si eso probara algo). Fue ahí cuando el jefe paramilitar finalmente se decidió de lo que después se arrepentiría.

Carlos Castaño le encargó el crimen a La Terraza, una de las principales bandas de sicarios de la época, en esos tiempos dirigida por alias Don Berna, quien después lo confesara todo.

Yo sólo puedo confesar que fue solidario conmigo en un desengaño amoroso, lo recuerdo dándome ánimos.

Yo sólo quiero acordarme de la tarde en que -cerca de las islas del Rosario- volamos en el agua, la puntual definición que él tenía para el buceo, porque tuve que aprender a hacerlo en un curso intensivo de media hora. Él era un experto.

Castaño le dio 30 millones de pesos al negro Elkin (Helquin Sánchez Mena) y éste viajó de Medellín a Bogotá junto con Alex Sanpedro (Alexander Londoño), Yilmar (Yeimar de Jesús Arboleda Suárez) y Ángela (Ángela María George Torres) para que hicieran contacto con el coronel Jorge Plazas, jefe de la inteligencia militar.

El expediente dice que miembros activos del Ejército Nacional le hicieron seguimientos al periodista, le marcaron las rutas, las horas, las frecuencias, y les entregaron esa información a los asesinos.

La mañana de ese viernes 13 de agosto de 1999, Jaime se montó en su cherokee gris, sintonizó Radionet -donde trabajaba, bajó por la calle 26 rumbo al aeropuerto y giró a la izquierda en la carrera 42 hasta que -en el cruce de la calle 23 E- el semáforo en rojo lo detuvo.

A las 5 y 45, la muerte se le apareció por el costado izquierdo en forma de motocicleta que se parqueó justo al lado, Yilmar conducía y Alex Sanpedro -el sicario que iba sentado atrás- le disparó 5 veces en la cabeza con un revólver calibre 38. Jaimito se murió en el acto, justo a sus 38 años.

Elkin, Alex, Yilmar y Ángela regresaron al Alto Sinú pero perdieron el arma homicida y -queriendo borrar las huellas del asesinato que tenía indignado a todo el país- Castaño ordenó su ejecución. El que a plomo mata

El multitudinario funeral fue escalofriante. La Plaza de Bolívar estaba a reventar. El cuerpo fue ubicado en el mezzanine del costado norte del Capitolio y yo me refugié en la columnata, aprovechando mi condición de periodista. Y desde allí vi desfilar a los amigos de Garzón que pasaron por el lado del féretro para el adiós, a los que hizo por televisión, a quienes lo disfrutaron personalmente, a los conocidos de siempre, a los anónimos de toda la vida, emboladores despidiendo a Heriberto, empleadas llorando a Dioselina, más de un Godofredo, muchos Néstor Elí, sus amigos cercanos, los nuevos amigos, los vi a todos llorar.

En cambio, yo lloré hasta la noche, escribiendo la crónica que debía hacer para la emisión nocturna de NTC. Yo también lloré porque -al fin y al cabo- yo también fui su amigo. Y además tocayo.

Te debía esto, Jaimito…

Jaime Honorio González / Periodista